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Integridad: Las consecuencias de ser inconsecuente

Qué forma más fácil de ser personas integras que aplicando lo que decimos? La disonancia entre pensamiento y acción es una dicotomía peligrosa, que nos muestra hacia afuera como personas inestables y poco confiables. Sea en el ámbito familiar o laboral, siempre es desagradable encontrarse con alguna persona que habla mucho, pero que hace poco o nada de lo que dice. ¿Recuerda algún jefe u otra figura de autoridad así?

Te hacemos una propuesta sencilla: Pídele a las personas que habitualmente hablen contigo, que hagan notar tus inconsecuencias. No es raro que en la cotidianeidad nos demos cuenta de cuando un amigo está haciendo exactamente lo contrario de lo que nos aconsejó alguna vez, pero por tratar de tener “tacto”, preferimos no decirlo. Esta vez, sin embargo, pedirás expresamente que te lo enrostren. Deja que esta condición funcione por un buen tiempo, como un mes, o mejor todavía, que no deje de funcionar nunca.

Evalúa: ¿Qué tan consecuente estoy siendo realmente? ¿En cuántos errores caí? Lo cierto es que, para enmendar errores se necesita algo más que darse cuenta de ellos, hay que tener la disposición para reparar lo que se hizo mal. Sin embargo, este es un primer paso muy importante si se quiere llegar a ese “algo más”.

Ahora pregúntate: ¿Por qué no estoy siendo del todo consecuente? Lo que se puede estar mostrando como una falta a la integridad profesada, podría tener raíz en otro tipo de debilidades. Pueden existir otros valores o competencias que están débiles y cuya debilidad te está llevando a actuar en asincronía contigo mismo. Puedes referirte a otros ejercicios del mismo gimnasio, de ser necesario.